.

.

.

.
El tiempo - Tutiempo.net

© REUTERS Rachel Daniel sufrió a manos del grupo terrorista de Boko Haram / REUTERS
24/08/2017


La única manera que tenía aquel terrorista de acostarse con ella era violarla. Él quería que fuera por las buenas, claro, pero Aisha siempre se negó, aunque le costara una paliza y que, de todas formas, la asaltara. Para las niñas como ella, secuestradas de aldea en aldea, más de 7.000 en total, ése es sólo el principio de sus padecimientos. Sufrirán en su cautiverio la aplicación estricta de la sharia, condiciones de esclavitud y una propuesta de matrimonio en la que podrán elegir entre casarse con un terrorista o ser marcada con un pañuelo de un color diferente al resto de menores secuestrados. Esa vestimenta indica que será destinada a convertirse en niña-bomba.
"O te acuestas conmigo o te convertiremos en una niña-bomba". Al negarse a tener sexo con el militante de Boko Haram, el destino de Aisha era llegar hasta un mercado, aparentar un desfallecimiento, esperar a que la gente se acercara a socorrerla y apretar el disparador de su chaleco bomba. O sea, morir matando. Sólo la intervención del ejército nigeriano, que la liberó, cambió esos planes. Hoy está en manos de Unicef y no puede volver a su pueblo por miedo. La población estigmatiza a las niñas-bomba porque aún no tienen claro si muchas quieren hacerse explotar por iniciativa propia o por amenazas.
Miles de voluntarios en las zonas afectadas cachean a niños y adolescentes en los colegios, mercados, mezquitas y otros lugares de muchedumbres buscando chalecos bomba adosados a sus cuerpos. Para no llamar la atención, estos yihadistas, en el patio trasero del Estado Islámico, usan a niños cada vez más pequeños, incluso han conseguido que una niña que llevaba un bebé atado a ella explotara su carga la pasada semana.

Unicef acaba de publicar estadísticas de esa práctica atroz: "Desde el 1 de enero de 2017, 83 niños han sido utilizados como bombas humanas: 55 niñas, la mayoría menores de 15 años, 27 niños, y un bebé [citado antes]. Este número es ya cuatro veces mayor que la cifra global del año pasado".

A todos los pequeños secuestrados por Boko Haram se les hace un tatuaje identificativo, una especie de código de barras que llevarán hasta la muerte. Las niñas que se niegan a casarse con sus miembros, descritos por niños liberados como "barbudos, malhumorados, siempre vestidos de negro", comienzan un proceso de lavado de cerebro que dura seis semanas con medidas mentales y físicas. Las primeras incluyen la droga; la segunda, pruebas con chalecos falsos para que la niña sepa activarlo en el momento adecuado. 

Los argumentos van desde: "Mañana entrarás directa al paraíso" a "No te preocupes por ellos porque no son verdaderos musulmanes". Rara vez atentan con niñas solas. Movilizan a varias a la vez. Los últimos objetivos han sido campos de refugiados, una señal a los que huyen para que comprendan que no se han librado del terror.

El 60% de todas las víctimas son niños, aunque el 100% de ellos sufren esta violencia de una u otra forma. El más afortunado sólo ha escuchado de lejos los disparos de un asalto a su aldea o ha visto de lejos las columnas de humo después de que una niña-bomba haya pulsado su detonador. Los menos afortunados han muerto en esos mismos ataques o por el hambre; están secuestrados o ya forman part

>