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Martes 02 de mayo de 2017

Isabel Reviejo

Amatlán de los Reyes (México).- "La tercera es la vencida"; eso piensa Fredy Hernández, un hondureño quien atraviesa México convencido de que, por fin, la suerte le sonreirá y podrá llegar a EE.UU., un país donde espera tener vida mejor, pero que califica como una "jaula de oro".

Él y su primo Miguel Ángel salieron de Honduras dos semanas atrás con el objetivo de llegar a Laredo (Texas). Para cruzar México subieron, como tantos otros migrantes centroamericanos, al tren de carga conocido como La Bestia.

A su paso por el municipio de Amatlán de los Reyes, en el estado de Veracruz, los dos bajaron del tren para tomar un par de días de descanso en el albergue de Las Patronas, desde donde Fredy, de 33 años, cuenta a Efe de forma decidida que este es su último trayecto: "Lo voy a intentar otra vez y si sale lo mismo, ya mejor ya no".

"Yo ya tengo mis añitos, y no tengo lo que quisiera tener yo, un solar, un techo propio, para tener un hogar", comenta Fredy, quien ya ha sido deportado dos veces durante el camino, la última vez tras cruzar el Río Bravo.

En Honduras, ha visto cómo personas que no tenían nada fueron a EE.UU. y tras regresar consiguieron "su casita bien bonita, amueblada, su carro y su dinerito, un negocio". Es decir, "el que lleva una idea la hace".

Eso sí, los primos también llevan en mente ejemplos menos positivos de personas que no supieron administrar sus recursos: "En mi barrio hay un ejemplo de eso, una persona que vivió 25 años en EE.UU., se murieron su papá, su mamá y parte de sus hermanos y cuando de repente lo deportaron llegó a Honduras y ya no tenía nada", relata Fredy.

Su idea es estar cinco años en Estados Unidos para conseguir recursos. Quedarse a vivir allí es una opción que ni siquiera se plantea.

"Según me lo pintan o me lo cuentan no le veo sentido, es vivir como en una prisión. Una jaula de oro, como le dicen", reflexiona.
Tras bajar del tren y caminar unos metros por las vías, los primos entraron en el albergue y se dispusieron a la revisión rutinaria de mochilas.

Para una de las Patronas -mujeres que llevan más de 20 años dando bolsas de comida a los migrantes que viajan en La Bestia-, la cara de Miguel Ángel resultaba familiar: "¿Tú ya cruzaste, no?".
Y es que Miguel Ángel, de 32 años, ya sabe lo que es probar el "sueño americano".

Pasó tres años en Estados Unidos hasta que lo deportaron; en ese tiempo no aprendió inglés más allá de lo básico, porque sus compañeros eran latinos, pero sí consiguió ahorrar el dinero suficiente para comprar un solar en Honduras.

El año pasado, Miguel Ángel, quien como su primo era conductor de transporte público en su país natal, intentó cruzar México, pero fue detenido por el Instituto Nacional de Migración (INM) en Zacatecas. En esta ocasión, el objetivo de su viaje es ganar dinero para comprar una casa a su madre.
Comenta que desde hace dos semanas no descansan, porque siempre queda el miedo de que lleguen grupos de personas armadas con una pistola o un cuchillo y los asalten.

"El tren lo paran para andarles cobrando cuota, y si va dormido uno es peligroso, lo tiran del tren a uno", dice Miguel Ángel a Efe con aire cansado.

El endurecimiento de los controles migratorios por la Administración de Donald Trump no asusta a los dos hondureños. "Me da más ánimos", apunta Fredy.

En su caso particular, si le vuelven a detener en EE.UU. no le esperaría solo la deportación, sino la cárcel, ya que le advirtieron que si volvía a "ingresar ilegalmente al país americano" tendría que pagar una condena de dos años en prisión.

Presagia que las autoridades sí cumplirán su palabra si le descubren, especialmente ahora que Trump está en el poder, pero eso no es un obstáculo para continuar: "Con tal de tener la vida, la salud (...) si me toca ir a pagar esos dos años de cárcel, lo voy a hacer".

Sin embargo, el hondureño prefiere mantener una mentalidad positiva e imaginarse, en unas semanas, en San Antonio o en Houston.

"Y si no logro cumplir mis sueños ahora, que sea lo que Diosito quiera y ya no vuelvo", asegura. EFE


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